
Todo lo cual nos conduce –continuó el profesor Goebel—a la misma conclusión de siempre: que Platón tenía razón.
I
Berlín, agosto de 2007
La última vez que vi a Jože fue ese día en que me llevó a un café cerca de Alexanderplatz, el sitio más repugnante que haya visto en mi vida. Era uno de esos establecimientos que tienen el poder de convertir un instante cualquiera en lunes por la mañana. Uno entra despreocupado, es sábado o domingo, no hay presiones, y al sentarse a la mesa, le sobreviene una depresión cívica, un fastidio oficinista combinado con el tedio de un lunes por la mañana. Así de malo. Las mesas y el piso eran color mierda, las paredes y el techo estaban cuarteadas por la humedad, de la cocina llegaba un humo de locomotora, sonaba un disco rayado de música tailandesa o algo peor, y la camarera, una bávara de sesenta años, tenía la gripe, vestía un delantal color verde con un enorme parche en el trasero y se limpiaba los mocos con tanta fuerza que parecía que estuviera lustrando botas. Mientras nos tomaba la orden estudié su pañuelo, que sujetaba con la mano izquierda, debajo de la libreta. Este pañuelo era un tesoro, por donde lo vieras: para valer un millón de euros sólo le faltaba la firma de Jackson Pollock.
No me quejé, no le dije nada a Jože, si de algo puedo enorgullecerme es de ser un tipo bastante tolerante, he avanzado mucho en eso de controlar las emociones y la prueba es que hace siglos que no zurro a nadie. Con el tiempo y las terapias uno se acostumbra a casi todo, lo único que no soporto son las iguanas, esos bichos sí que me ponen nervioso.
Jože me había sacado de una conferencia a las once de la mañana, ‘¡Necesito verte!’, gritó por teléfono, sonaba devastado, antes de que pudiera responderle me informó que nos veríamos a las doce y media en ese café, me dio las señas y colgó. Tenía mis motivos para temer lo peor, creí que a Jože se le había muerto su madre o su hermana. No es que sea pesimista, lo que pasa es que el pobre tío trae la mala suerte en la sangre, es una cosa de familia, como el cáncer y los ojos rasgados. A su abuelo y abuela maternos los partió un rayo mientras hacían el amor en un bosque de Eslovenia; su abuelo paterno, que en su juventud fue un famoso equilibrista, resbaló en la bañera y se rompió el cuello; cierto tío suyo, que era un ciudadano esloveno bastante respetable, de ésos que pagan sus impuestos con agrado, fue abordado una mañana por dos tigres posmodernos que habían escapado del zoológico estatal para ir a desayunar; la esposa de este mismo tío, que era igual de respetable, aunque dada al alpinismo, fue brutalmente asesinada por un sismo mientras escalaba el Monte Negro. Y hay más: este matrimonio respetable tuvo dos hijos respetables, primos hermanos de Jože: el primero, que era médico, fue atropellado por una ambulancia; y su hermana, que se marchó al África de misionera, fue aplastada por un costal de los que arrojan los aviones de las Naciones Unidas.
Con ese historial, Jože creía que tanto él como su madre y su hermana estaban destinados a morir en un trágico accidente. Tenía sentido. Lo que le daba esperanza era que su padre había muerto de borracho a los 35 años, en un hospital. “Como la gente decente”, decía Jože.
Ustedes podrían opinar, si son dados a opinar en estos asuntos, que era una superstición idiota, pero yo estaba en verdad preocupado, no dejé de pensar en ello durante el trayecto, en el suburbano, sólo me distraje un momento porque se me puso enfrente una chica y me sonrió, yo creí que eso me daba permiso de geometrizarla, pero me equivoqué; cuando descubrió mi vista puesta sobre su cuerpo, que no estaba mal, me hizo una mueca como si fuese un pervertido y se cambió de vagón. Llevo aquí cuatro años y todavía no entiendo a las chicas alemanas. Es un gran misterio para mí cómo se reproduce esta gente.
Pues ahí estábamos, Jože y yo. Pedimos nuestros expresos dobles y le preguntamos a la camarera si se podía fumar. Asintió. No nos llevó ceniceros, así que terminamos tirando la ceniza, disimuladamente, en el piso. Junto a todos los organismos que lo habitaban, un poco de ceniza era casi como jabón.
—¿Y bien? —le pregunté en inglés, hablamos en inglés cuando se trata de un asunto importante.
Se estuvo rascando las cejas como dos minutos, hasta que notó que comenzaba a exasperarme.
—Tuve un sueño… —dijo—. Y la verdad, Gustav, no tengo la menor idea de lo que significa este sueño mío, me desperté sudando, no he podido comer nada, me siento muy, muy desgraciado.
Suspiré aliviado, porque no tenía corbata negra ni pasta para ir a Eslovenia a enterrar a la madre de nadie. Por otro lado, estuve a punto de enfadarme. A mi juicio, ningún sueño puede ser más importante que una conferencia, y Jože me había sacado de una muy interesante para hablarme de un puñetero sueño. Si algo tienen de bueno los sueños es que son irreales. Y si son irreales, son irrelevantes, excepto para los faraones, los supersticiosos y toda esa gente que se la pasa lloriqueando y necesita tratamiento. Jože no era de los que lloriquean.
—¿Y entonces? —dije, sin perder la calma—. ¿Soñaste los números de la lotería o qué carajo te sucede?
—Soñé con mi madre —respondió, sin levantar la vista, avergonzado.
—¡Ah! —solté la carcajada—. Ya no estás en edad de…
—No, no fue eso… —interrumpió—. Gustav, amigo mío, soñé que mi madre tenía barba.
Me quedé callado.
—¡Era una barba de patriarca, monumental, le llegaba hasta aquí! —señaló su pecho y luego se puso las manos sobre la cabeza.
El pobre chico estaba muy abatido.
—Todo el mundo sueña alguna vez con la barba de su madre —aseguré.
—¡Sí, cómo no!
—En serio. Nada tiene de particular.
—¿Qué significa?
—No significa nada.
—Algo tiene que significar.
—No veo por qué.
—Mmm… Es difícil de creer.
Dio un par de bocanadas. Cerró los ojos, se mordió los labios. Nunca conocí a un tipo más dramático y sentimental.
—Oye, Gustav, ¿estaré muy dañado?
Me encogí de hombros.
—No más que la mayoría de las personas.
—Pero… ¡una madre barbada! —insistió—. ¡No puede ser sano!
— ¿Qué quieres que te diga? No por ser insano deja de ser común, es como las pústulas…
—Así que tú también tuviste el sueño de la madre barbada —dijo, incrédulo.
—Claro que lo tuve.
— ¿Cuándo?
—A su debido tiempo.
— ¿Es decir?
—A los diecisiete o dieciocho.
—Pero ¡¿qué significa?!
—¿En serio quieres oírlo?
—Sí.
—Lo que este sueño revela —me aclaré la garganta y di a mi voz un tono académico— es el temor de un chico de llegar a la edad adulta en calidad de una copia de su madre ¿me sigues? En pocas palabras, el temor de no haber roto el cordón umbilical y de ser afeminado, quizá homosexual.
Lo dije con tanta convicción que Jože le encontró sentido.
—¿Las mujeres también los tienen?
—¿Tienen qué?
—Estos sueños.
—Pues sí, chico, claro.
—¿También sueñan con madres barbadas, eh?
—No, no, ellas tienen más bien el sueño del padre travesti con maquillaje y ligas.
Abrió los ojos y la boca como si acabara de revelarle un secreto de Fátima.
—¿Y tú cómo lo sabes?
—Todo el mundo lo sabe.
No sé si me creyó, pero al menos se tranquilizó un poco. Jože tenía un problema. De acuerdo, tenía muchos, era maniático, feo, de corta estatura, narizón, flacucho, su cuello era tan delgado como la muñeca de una modelo, a sus 21 años ostentaba canas, calvas y acné, y cuando sonreía, se le deformaba la cara todavía más, pero su principal problema era su afición a las cosas insólitas y extravagantes, su deseo de ser considerado un excéntrico. Todo quería hacerlo de manera distinta: usaba un peinado victoriano que le sentaba muy mal, el pobre tío, con sus tres cabellos y medio parecía el cadáver de un decrépito peinado por un enterrador principiante o maligno, recién exhumado, además; su manera de vestir abarcaba todas las posibles manifestaciones del pésimo gusto, baste con decir que en una ocasión fue a una fiesta ochentera y resultó el peor vestido, así de terrible. Su lenguaje era barroco, con pretensiones de sofisticación, buscaba en los diccionarios las palabras más desusadas y extrañas, un día me confesó que la primera palabra alemana que aprendió fue Dampfschifffahrtgesellschaftsdirektorsstellvertretersgemahlin. En los restaurantes siempre pedía el platillo más exótico, si podía pagarlo, que no es lo mismo que digerirlo, su estómago alfeñique lo odiaba a muerte y se vengaba muy a menudo, las flatulencias y diarreas fulminantes eran lo de menos, lo verdaderamente molesto para mí era tener que llevarlo medio muerto al hospital y explicarle al médico que se había comido un murciélago a la parrilla en un restaurante indonesio.
Eso sí, hay que aceptar que eligió la mascota más original del mundo. Imaginen al pobre tío en un club, tratando de impresionar a una chica que lo mira con cierta curiosidad, preguntándose si no será un androide o un extraterrestre, y de pronto Jože le dice a la chica “¿Quieres ver mi mascota?” y ella asiente, pensando que le va a enseñar la foto de un perro o un conejo, entonces saca de su bolsillo una cajita de madera, la abre, y le enseña un gusano asqueroso, la chica lo abofetea o simplemente se marcha muy enfadada y gritando, el pobre de Jože la persigue para explicarle que la mascota no es el gusano, sino un virus que habita dentro de él. Cuando me mostró su mascota y me dio toda la explicación, le dije que ningún virus podía ser considerado una mascota, porque ni siquiera era un ser vivo. Me respondió que yo tenía una mente muy cuadrada y tradicional, y aseguró que su virus se comportaba maravillosamente, incluso estaba trabajando en un experimento para demostrar que era capaz de responder a ciertos estímulos afectivos, me enfadé muchísimo y traté de aplastar el gusano, se puso como una fiera, me llamó nazi y no me dirigió la palabra durante dos semanas.
Por todo eso, cuando me proponía liberarlo de una obsesión o hacer que descartara ideas peregrinas, manías y excentricidades, sólo necesitaba decirle que aquello no tenía nada de raro. La manera más efectiva de conseguir que, por ejemplo, no se pusiera un antifaz para ir al teatro, era decirle que la semana pasada había visto a por lo menos veinte sujetos que llevaban uno.
Me acuerdo de una vez que se le metió en la cabeza la idea de hacer “un espontáneo” en Philharmonie, nada menos que en la legendaria sala de conciertos de la filarmónica de Berlín. El muy iluso se compró una batuta y un frac de segunda mano. Deseaba darse a conocer como director de orquesta, aunque el tío no sabía una nota de música. Era un gran melómano, pasaba muchas tardes agitando las manos en su habitación, pero en su vida había visto un pentagrama. Eligió el último movimiento de la novena sinfonía de Mahler y lo ensayó una y otra vez frente al espejo. Cuando me reveló su plan, traté de disuadirlo por vías racionales. Le aclaré que dirigir una orquesta era mucho más complicado que mover un palito y sacudir el copete, que el arte de director estaba en los ensayos, en lograr un buen sonido, y eso poco tenía que ver con aspavientos fálicos. Fue inútil: estaba decidido a hacerlo. Entonces le dije que Mahler era populachero. Casi llora. Al día siguiente su obsesión había desaparecido (y también su gusto por Mahler).
En otras ocasiones no tuve el mismo éxito, porque Jože era un tío crédulo y me tomaba en serio, pero tampoco era lo que se dice bruto, no siempre podía convencerlo. Una obstinación de la que nunca conseguí curarlo fue eso de meter la cabeza en las puertas del Metro. Todo comenzó con un accidente. Una tarde íbamos hacia Friedrichstrasse, era la Copa del Mundo de 2006, y había tal gentío que Jože llevaba un rato sin tocar el suelo con los pies. Cuando pasamos por Schöneberg, justo al momento de cerrarse las puertas, alguien empujó desde el otro lado del vagón, y como resultado, la marabunta se movió hacia delante. Yo iba junto a Jože, en la mera orilla, y tuve que sujetarme para no caer. Pero él había quedado prensado en medio de un grupo de vikingos, y las puertas se cerraron sobre su cuello delgado, dejándole la cabeza fuera y el cuerpo dentro del vagón. En circunstancias normales, las puertas se habrían abierto otra vez, pero algo falló, a veces sucede. El tren se puso en marcha. Gritos de terror, pánico, Jože agitaba el cuerpo como una araña agonizante, pensé en jalarlo hacia atrás, más ¿qué sentido tenía arrancarle yo la cabeza para que no se la arrancaran las paredes del túnel? Siempre habíamos discutido sobre qué clase de accidente terminaría con su vida, cuando lo vi así, pensé que era el punto final de la discusión. “¡El freno, el freno!”, gritaba la gente cercana a nosotros, pero era tanta la aglomeración y había tal ruido que los que estaban cerca del freno no se enteraban de nada.
Fueron los dos minutos más estresantes de mi existencia. El tren llegó a la próxima estación y se detuvo. Imaginé que al abrirse las puertas, el cuerpo decapitado de Jože caería al suelo y todos los que esperaban el tren del otro lado y los que estábamos en la orilla, en el interior, pasaríamos el resto de nuestros días en un sanatorio, tratando de olvidar lo ocurrido. En momentos como ése, te asaltan los pensamientos más increíbles, recuerdo haber decidido que si me ponían una camisa de fuerza, exigiría que esa camisa llevara bolsas, aunque no me sirvieran para nada. Las bolsas y los bolsillos son una de las más gloriosas y a la par diabólicas conquistas de la modernidad individualista. En otra ocasión explicaré por qué, ahora mismo sería de malnacidos dejar al pobre de Jože con la cabeza fuera del tren sólo para hablar de bolsillos. Además, apuesto a que esa idea no tiene nada de original.
Lo primero que me sorprendió fue ver que al cadáver de Jože le quedaba todavía la parte trasera del cráneo, yo no sé mucho de física y esas niñerías, pero no creo que sea fácil, ni siquiera para un tren, partir un cráneo por la mitad. Cayó de rodillas, moviéndose todavía. Eso no me sorprendió tanto, por aquello de las gallinas: si ellas consiguen correr un rato sin cabeza, supongo que media cabeza, en el caso humano (y considerando el tamaño privilegiado de nuestro cerebro), da para unos segundos de cabriolas, por lo menos. Un instante después, su media cabeza comenzó a girar hacia nosotros, fue espeluznante, a mi camisa de fuerza con bolsas le añadí hombreras y unos parches en los codos, la cabeza siguió girando junto con el resto del cadáver, los vikingos soltaron una exclamación, yo me quedé de un hito y decidí que no quería una camisa de fuerza, con bolsas o sin ellas, porque Jože estaba vivo y completo, su fea cara nos miraba desde otra dimensión, se le veía asustado y medio asfixiado, pero feliz, absolutamente feliz.
Decidimos emborracharnos de inmediato. Jože trató de explicarme, toda la noche, lo que había sentido: nada se le comparaba, era una experiencia límite, algo inefable, mejor que cualquier droga, mejor que el sexo, más fuerte que un arrebato místico, etc. Yo creo que lo decía porque sus experiencias en esas tres áreas habían sido nulas o bastante malas. De todas maneras no discutí con él. Si lo había disfrutado, pues qué mejor, cada quien sus perversiones. Íbamos de regreso, muy borrachos, y al cerrarse las puertas del tren, corrió hacia ellas y sacó la cabeza. No funcionó. Las puertas volvieron a abrirse. Tuve que cogerlo por la cintura y llevarlo arrastrando al otro lado del vagón. Tres estaciones adelante, se me escapó y volvió a intentarlo. Tampoco funcionó. Me enfadé mucho, pero cuando llegamos a la residencia de estudiantes, todos estaban tan borrachos como nosotros, así que nos vimos obligados a contar la historia y terminó por convertirse en un asunto gracioso. No le di mucha importancia, Jože estaba borracho, había querido repetir la experiencia y nada más, eso pensé. Dos días más tarde, completamente sobrio, volvió a intentarlo. Tuvimos conversaciones muy serias al respecto, argumenté, razoné, grité, nos enfadamos, le solté un puñetazo, me respondió con una patada, rompimos una mesa y una ventana. Fue inútil. Jože siguió intentándolo. En Berlín, al menos, no le volvió a funcionar. Por lo que he oído, después lo intentó en París, en Múnich y en Londres.
Pero volvamos al café repulsivo. Le dije a Jože que todo el mundo soñaba con madres barbadas y me creyó. El asunto se trivializó. Minutos después, estaba ya muy relajado. Quise saber entonces cómo demonios se había enterado de la existencia de ese café. Jože sonrió y dijo:
—Menudo sitio ¿no?
Asentí.
—Si lo que querías era hacerme vomitar —le dije—, me falta muy poco.
Frunció el ceño y levantó los brazos, como diciendo ‘¿Estás de coña?’.
—Mira, Jože, —le dije—, estoy dispuesto a soportar tus gustos estrafalarios, pero no esta creciente afición tuya a lo repugnante.
—Pero… pero… —se quedó sin habla.
Se frotó la calva, las cejas, la nariz, por un instante pensé que iba a ponerse loco y rasgarse las vestiduras, porque en mi vida lo había visto tan escandalizado.
—Entonces —dijo, casi sollozando, con la expresión de una madre cristiana cuyo hijo acaba de confesarle que se convirtió al satanismo— ¿debo creer, Gustav, que no te gustan Alfred Döblin ni Rainer Wender Fassbinder?
Lo miré fijamente por espacio de varios segundos y luego dije:
—No sé de qué carajos hablas. Vámonos de aquí.
Pagamos la cuenta. Tuve que ayudarle a Jože a levantarse, estaba tan devastado como cuando llegó con aquello del sueño de la madre barbada. Se lamentaba en voz baja. Fuimos a Tiergarten y lo convencí, en 20 minutos, de que Alfred Döblin y y Rainer Wender Fassbinder eran unos grandísimos gilipollas, además de populacheros, aunque en mi vida había escuchado hablar de ellos. Esa noche nos emborrachamos de lo lindo. Regresamos a la residencia de estudiantes en el último tren y nos despedimos frente a la Rathaus.
Fue la última vez que lo vi. Al día siguiente desapareció.
Debo decir que años después le di la razón a Jože. Ese café era un gran sitio. Lo cerraron en 2009. Ahora es un cine porno.