Saturday, June 18, 2011

El velo de Maya

Un capítulo muy corto que escribí hoy:

En el desierto grazna un cuervo. Cuán fácilmente se sacian las serpientes y los alacranes. La arena y el calor se acumulan en el pecho, cada paso hace las piernas más pesadas, quieres beber tu propia sangre, oyes las alas de los buitres, no quieres mirar arriba, el sol se filtra por un velo gris, quema los ojos, noche o día, da lo mismo, el sol y la luna, la luz no existe, es sólo ausencia de oscuridad, el agua es ausencia de aridez, la compañía ausencia de soledad, la vida ausencia de muerte, el ser ausencia de nada.

Buscas un oasis, lo ves frente a ti, caminas y descubres que es un espejismo, mas ya estás buscando otro, más adelante, siempre adelante, levanta la cabeza, sueña con un camino que te conduzca hacia allá, anda, un paso más, otro más, no pares, no pares hasta descubrir que el oasis que buscas es la muerte.

Tuesday, June 14, 2011

Chernichevski

XII

Para Gustav, el señor Chernichevski era un excéntrico, mas no un pervertido, ni siquiera un loco. Y trataba de convencerse, día con día, de que muy en el fondo era un filósofo, el peor del mundo, pero filósofo. Para mi gusto, detrás de todo filósofo se esconde un gran pervertido. Claro que tendría que probarlo, pero eso me convertiría a mí en un pervertido.

Sin decir que Chernichevski fuera un buen tipo —no lo era ni asegurar tampoco que no hubiera pertenecido o perteneciera todavía— a la mafia rusa, conviene por lo menos liberarlo de ciertos cargos que levantó contra él la reportera amarillista Elizabeth Steele en su libro Lord of Death: what it takes to be a Monster, publicado en 2009 por una de esas casas editoriales que en el mundo de los libros cumplen la importante función de las prostitutas.

Se trataba de una recopilación de chismes sobre el magnate ruso. Según este mamotreto, que inexplicablemente consiguió mezclar la morbosidad con el aburrimiento, Chernichevski era, además de asesino, terrorista y traficante de armas y drogas, necrófilo, necrófago, antropófago, sádico, y coleccionista de cadáveres y momias. Steele le atribuyó además algunas perversiones inéditas que seguramente ella inventó y practicó a lo largo de su vida. No las mencionaré porque no quiero hacer vomitar a nadie.

Si uno se toma la molestia de leer a Steele, debe estar preparado para encontrarse con tantas bajezas y mentiras como caben en la mente de una acomplejada que llegó a la menopausia sin haber conseguido marido, por más que se arreglara las crines para que parecieran cabellos humanos y se liposuccionara con frecuencia el efecto de consumir doscientas hamburguesas anuales.

Los crímenes y excentricidades que Steele mencionaba en el libro oscilaban entre lo inverosímil y lo ridículo, pasando por cantidad de aseveraciones infundadas que un buen abogado habría convertido en una demanda millonaria. La gorda celulosa escribía, por ejemplo, que los asientos del Rolls-Royce de Chernichevski eran de fabricación antropodérmica y que cada mañana bebía jugo de lichi en el cráneo de un amerindio choctaw. Un capítulo entero era una crónica de su búsqueda del famoso Necronomicón, que le tomó cinco años de su vida y le habría costado alrededor de cincuenta millones de dólares. Y para no faltar al lugar común del cadáver en el ático, Steele añadía que en su casa de Siberia albergaba alrededor de doscientos esqueletos humanos, exhibidos en vitrinas y clasificados según el tipo de muerte que les había acaecido.

Se refería a él como espiritista trasnochado y hechicero diletante, decía que desde joven había sido un apasionado de la alquimia y fue autor de encantamientos que determinaron la historia de la Unión Soviética. Según sus “investigaciones”, curó con ensalmos a su hermana moribunda y asesinó a distancia al juez V. Mikilievich y al ministro P. Bartenev, enemigos suyos en la época de la Guerra Fría. Y que no se me olvide: se comunicaba diariamente con el espíritu de Iván Vasílievich IV, de quien aprendió algunos de sus mejores trucos, como el de arrojar perros por las noches desde una torre.

Cualquiera que haya conocido de cerca a Chernichevski, coincidirá conmigo en que esta biografía le favoreció desde un punto de vista, al menos: sugería que era un tipo imaginativo, original. Nada más lejos de la realidad: el señor Chernichevski fue uno de los tipos más aburridos que haya habido en esta tierra. Su imaginación para las degeneraciones era inversamente proporcional a la de E. Steele. Además, no sabía distinguir un elemento del otro, los perros lo enternecían y jamás creyó en la existencia del Necronomicón.

En pocas palabras, que E. Steele escribió su biografía desde la comodidad de su vulgar residencia en Beverly Hills. Las fuentes de su presunta investigación habría que rastrearlas en Internet y en los recovecos de su mente enferma, esto último con la ayuda de un buen psiquiatra.

En lo que respecta a Gustav, leyó la biografía y le sugirió al señor Chernichevski demandar a E. Steele y a su editorial. Pero al magnate ruso no le interesaba mejorar su reputación. Su única obsesión era la muerte, pero, lo repito, esta obsesión era de naturaleza muy distinta a como la describía este portento entre los mamíferos. Era de naturaleza filosófica. Eso pensaba Gustav.


XXVI

La muerte. ¿El fin? ¿Dejar de ser? ¿La separación del alma y el cuerpo o la aniquilación? ¿El paso de la existencia a la inexistencia? ¿Cómo enfrentar este momento, el no-momento? ¿Como una liberación, como un trance, como la disolución de todas las angustias?

Estas preguntas ocupaban la mente de Chernichevski desde su más temprana juventud y le habían dado forma a una obsesión que sólo un hombre rico podía llevar hasta sus últimas consecuencias. En el año 2001 dejó su emporio en manos de sus hombres de confianza para emprender un viaje en busca de respuestas. Y así se convirtió en el famoso Señor de la Muerte. Comenzó la leyenda.

Entre los años 2001 y 2005 visitó universidades, bibliotecas, monasterios, cementerios y agencias funerarias, se entrevistó con filósofos, escritores, sacerdotes, chamanes, científicos, enterradores… Ninguna de las explicaciones que escuchó le satisfizo. Todos estos hombrecillos no sabían nada sobre la muerte. Por más que se refirieran a ella como una vieja conocida, ellos mismos estarían zurrándose en los pantalones cuando les tocara enfrentarse con ella. No: lo que quería no eran aproximaciones teóricas al problema de la muerte ni razones para no temerla, porque esto último era imposible: quien no teme a la muerte, decía, es que la evita, transforma su idea en otra cosa. Yo quiero comprender la muerte, no despreciarla ni trivializarla.

En 2006 atestiguó una ejecución pública que lo conmovió poderosamente. Y a partir de entonces su viaje se convirtió en una cacería escatológica. Se convenció de que para entender el fenómeno debía presenciar tantas muertes como fuera posible, en diversidad de circunstancias: ejecutados por ahorcamiento, inyección letal, empalamiento, decapitación, electrocución, lapidación, fusilamiento, crucifixión; muerte por causa natural; por enfermedad degenerativa, infección, lesión; muerte en ambulancia, en batalla, en casa; suicidio, eutanasia; envenenamiento, ahogamiento, congestión alcohólica, sobredosis; muerte de ancianos, adultos, niños, bebés; muertes humanas y animales. Muertes de blancos, negros, orientales, latinos; muertes de día y de noche; en la playa, en el desierto, sobre la nieve, en el aire, bajo el agua.

¿Qué es morir?, decía Chernichevski. ¡Oh, sí, la exhalación final! Los ojos pierden el brillo, se cierra esa ventana de la conciencia que da al mundo: detrás no queda nada, sólo inexpresión, células, materia, rigidez, oscuridad. Si cada persona posee una manera particular de ser, también la tiene de dejar de ser, la aniquilación sucede de manera individualísima, es nada menos que la disgregación de dos universos.

Su escena preferida de la historia del cine era la agonía del androide Roy Batty en Blade Runner, cuyas últimas palabras repetía en su interior cada vez que presenciaba una muerte:

I’ve seen things you people wouldn’t believe. Attack ships on fire off the shoulder of Orion. I watched c-beams glitter in the dark near the Tannhäuser Gate.

All those moments will be lost

in time,

like tears in rain.

Time to die.

La muerte, decía, es la destrucción de un microcosmos, de una historia, de una realidad. Es un acontecimiento tan trascendente como el origen de este universo. Registraba sus impresiones en un cuaderno de notas. Cuando le preguntaban si pretendía dar a conocer alguna vez el resultado de sus investigaciones, en un libro, por ejemplo, sonreía y respondía: ¡vosotros no habéis entendido nada de nada!

Llevar a cabo esa empresa no fue fácil. Había que pagar sobornos, negociar con grupos extremistas, firmar contratos. Chernichevski deseaba atestiguar todas las muertes posibles sin ser responsable de ninguna de ellas. ¿Era su culpa que dos tribus africanas se ametrallaran, o que en cierto país asiático se practicaran todavía el empalamiento y la crucifixión? No. Y tampoco era su responsabilidad impedirlo. Él sólo deseaba presenciarlo, sin dañar con ello a nadie. Supongamos que un escapista estuviera dispuesto a intentar una locura, con 90% de probabilidades de morir ¿por qué no aprovechar la oportunidad? Con algo de suerte, podría tachar de su lista la muerte por asfixia, sin remordimientos de ningún tipo. Si para estar en primera fila debía pagar, pongamos, treinta mil dólares, los pagaba.

¿A quién dañaba que donara un millón a un hospital de Bombay para ver morir a bebés y ancianos que de cualquier manera morirían? Con ese dinero incluso se podría impedir la muerte de muchos más. Si una anciana enferma de cáncer deseaba suicidarse bajo el amparo de la ley, en Zúrich, por ejemplo, ¿en qué le afectaba al mundo que él le sostuviera la mano hasta el final y después les entregara a sus familiares un cheque por cincuenta mil dólares? ¡Como si él hubiera causado el cáncer de la anciana o la hubiera obligado a tomar esa difícil decisión!

Claro que a muchas personas no les gustó la idea. La consideraron la peor perversión imaginable. Creían que Chernichevski experimentaba, frente a la muerte ajena, algún tipo de excitación, como un psicópata. Aberrante, demoníaco, espeluznante, eran los adjetivos que con frecuencia se asociaban a su nombre. Surgieron todas esas leyendas que Steele recopiló en su estúpido libro. En varios países abrieron investigaciones. Le prohibieron ingresar a Estados Unidos, a Japón y a Australia. Pero el dinero le abría las puertas en los lugares más recónditos y en las organizaciones más herméticas. A Chernichevski no le interesaba justificarse. Podría haber dicho que su interés era humanista, que esa preocupación por la muerte individual no era sino una muestra de veneración hacia la sacralidad de la vida humana. Eso habría sido mentir. Si Chernichevski no experimentaba gozo ante la muerte, tampoco experimentaba dolor. La observaba con la curiosidad del científico que estudia un fenómeno. Mas no cualquier fenómeno: nada menos que el más importante de todos.

Gustav, a quien conoció en Frankfurt, a principios de 2008, se convirtió en un ingrediente fundamental de su proyecto. Era un tipo de mente despierta, hábil para las relaciones humanas, diplomático, manipulador, hablaba inglés, español, alemán, árabe, francés, champurreaba el hindi y el chino y, lo más importante, era un grandísimo cínico. Chernichevski le ofreció un sueldo muy generoso. Su función era hacer las gestiones necesarias con gobiernos, empresas y personas para poder presenciar cómodamente todas esas muertes sin poner en riesgo su vida ni meterse en problemas legales.

Gustav también le prestó otro servicio por el que le estaría eternamente agradecido: le resolvió su “problemita dominical”. De esto hablaré poco más adelante.

El caso es que Gustav no sabía si el regreso a San Petersburgo significaba el fin de las pesquisas de Chernichevski en torno a la muerte. Quizá había recolectado ya suficientes experiencias o quizá había surgido una eventualidad que ameritaba suspender su macabra investigación.


XXX


Mi segunda función como asistente personal en cuestión de viajes consiste en alejarlo tanto como sea posible del domingo. Lo odia. Durante su juventud, solía narcotizarse desde la noche del sábado hasta la mañana del lunes. Ahora no puede hacerlo, por motivos de salud. Cuando comencé a trabajar para él, me suplicó que resolviera su problemita dominical, como él lo llama. Mi primera idea fue transportarlo a latitudes en las que no se utilizara el sistema de la semana de siete días. Tenía sentido. El domingo es una invención humana, le dije. Si en una tribu africana no hay tal cosa como el domingo, entonces ahí no es domingo nunca. Aunque la idea fue buena, acarreó dos inconvenientes: interrumpió su investigación personal sobre la muerte y le hizo darse cuenta de que el domingo, allende el nombre, es una institución universal. Para él fue un descubrimiento pavoroso. En esos lugares indecentes, por más que las semanas duren hasta diez días, al final siempre llega uno de descanso. No se trata de un domingo, le dije. En todo caso, puede ser, tal vez, un sábado. Respondió muy indignado que él no era ningún imbécil y sabía distinguir perfectamente un domingo de un sábado, en Moscú o en el Sahara. Eso lo malo: tiene un sexto sentido para detectar los domingos. Lo comprobé poco después, cuando lo llevé a conocer otra tribu, nómada, sin noción de las horas, los días, las semanas, los meses, los años ni la vida. Iba ilusionado. Esperaba que el señor Chernischevski me diera el espaldarazo por haber encontrado al fin la solución a su problema. Nada más llegar, saludar al líder e intercambiar amuletos y esas cosas, se volvió hacia mí con el rostro enrojecido por la cólera y me dijo que lo había conducido hasta el mismísimo culo del mundo, porque ahí no solamente no había domingo, sino que todos los malditos días eran domingos.

Restaban dos soluciones posibles: la primera consistía en mandarlo al espacio. Pero ningún gobierno estaba dispuesto a poner en órbita al señor Chernischevski y sus millones no le alcanzaban para un programa espacial privado. Además, créanlo o no, el tipo sabe que el capitalismo debe conocer ciertos límites. Una cosa es tener veinte residencias, tres aviones, cincuenta caballos de carreras y una colección de arte tasada en ochocientos millones de dólares. Otra, gastarse el equivalente al presupuesto de América Central en un programa espacial, sólo para huir del domingo. Y ¿cómo continuar sus investigaciones tanatológicas? No, no iba a dar resultado. La segunda solución que ideé es la cosa más sencilla, tanto que no me explico cómo nunca se le ocurrió al señor Chernischevski (ni a mí antes, pero sucede que nunca fui fanático de la geografía). Le sugerí comprar una isla en el Pacífico. El sábado por la noche despegamos en su avión privado y cruzamos la línea internacional del tiempo justo en el momento en el que comienza el lunes en Oriente. Así de simple. El señor Chernischevski cree que soy un genio. Yo todavía tengo dudas sobre su inteligencia, a pesar de sus millones. El corto tiempo que dura el domingo, lo pasa en el sillón de su jet, con una fiebre de espanto. No hace falta avisarle cuando cruzamos la línea internacional: él lo sabe, por aquello de su sexto sentido. Se relaja de inmediato y vuelve a ser el mismo viejo gris que me da de comer.


Tuesday, April 12, 2011

Capítulo segundo


II

La escena anterior pertenece a una época distante a la que vuelvo a menudo para recordar que el paso del tiempo configura mundos, los colorea o destiñe, les da forma y los destruye para crear otros nuevos. Cada uno de esos mundos tuvo su oportunidad. Es un error trágico convertir los momentos pasados en exposiciones de museo. Para la mayoría de los hombres, eso es la memoria, un museo, y un museo es una idea engañosa y arrogante disfrazada de devoción al pasado. El museo colecciona tendencias, técnicas y estilos, tesoros, armaduras, banderas, mapas y huesos. Muestra que hubo maneras distintas de ver el mundo, reproduce acontecimientos, reconstruye esqueletos, barcos, ciudades y civilizaciones. Aunque el espectador burgués se maraville y expulse como eructos todas las interjecciones que conoce, en el fondo piensa que el mundo le pertenece a él, a su tiempo, a sus ideas, a su estética. El pasado sirve al presente, lo explica, pero no es más que pasado. Como si el presente, sólo por ser presente, supiera más, fuera más.

Volvemos a nuestra infancia y no sabemos recordarla infantilmente, ése es nuestro gran problema. Tuve una tía que después de divorciarse, dedicó el resto de su vida a torturarse. No comprendía cómo había podido vivir tanto tiempo en el engaño, desperdiciando sus mejores años, compartiendo mucho más que el lecho con un hombre perverso, mentiroso, de mal corazón, alcohólico, apostador. Mas ¿sucedió o no sucedió que poco después de regresar de su luna de miel, una tarde cualquiera, abandonó él la oficina porque no podía más, llegó a casa con un ramo de flores, y ella, al verlo, corrió hacia él con el júbilo de una quinceañera, el ramo cayó al suelo, y se fundieron en un abrazo que contenía toda la felicidad? La memoria de museo coloca esta pintura cursi en la colección de arte naíf: la clasifica desde el futuro y, con la petulancia de un crítico, pretende explicar sus motivos, su estructura, su sentido, como si no fuese verdad que ese día, al menos, existió el amor: lo malo de los museos y de la memoria de museo es su rigidez académica, su obsesión por reinterpretar y deconstruir.

¿Qué derecho tenemos de juzgar y adoctrinar momentos pasados desde el presente, trivializándolos, desengañándolos? Cuando yo tenía seis años, los Reyes Magos existían y mi padre era un héroe. Así de simple. Esos recuerdos y el mundo en el que tuvieron lugar son intocables, porque el presente no puede actuar sobre el pasado, mi infancia constituyó un universo en sí mismo que el futuro no podría transformar aunque quisiera. Por eso siempre odié el psicoanálisis, aunque al final terminé recibiendo de él demasiados favores. Me parecía una violación a la intimidad de un mundo que tuvo sus propias verdades.

Sería injusto y ruin decir que Jože no fue mi amigo, que no le quise como a un hermano. Cuando me enteré de que la Organización le pagaba mil euros mensuales por espiarme, tuve la tentación de empañar su recuerdo y odiarlo. Con el tiempo aprendí a mirar el pasado con humildad, comprendí que el presente no tiene un punto de vista privilegiado.

Esos años, desde que lo conocí en Heidelberg, en 2004, hasta su desaparición en Berlín, en 2007, pertenecen a una historia que bien pudo ser una novela independiente, obra de uno de esos autores que escriben sobre asuntos triviales, crean personajes corrientes, hacen un espejo de la vida rutinaria y sus miserias. En esos libros no suele haber intrigas, suicidios ni muertes violentas, el amor no llega a ser siquiera una pesadilla. Me viene a la cabeza eso que Bukowski decía de Thomas Mann, en boca de Céline: ‘Este tipo tiene un problema. Considera que el aburrimiento es un arte’. El arte, hoy en día, lo que se llama y considera verdadero arte, se mide en unidades de aburrimiento, porque el aburrimiento es la diversión más estimada en los altos círculos intelectuales y artísticos. Todo empieza con una dosis de esnobismo: el joven inexperto quiere escalar el Everest, necesita comprender el arte arduo que se esconde tras los ruidos del serialismo y las pinturas sin pintura, desea despojarse de los prejuicios impuestos por el sentido común, perder esa capacidad innata e ingenua de apreciar lo bello y lo sublime. Cuando consigue acceder a esas cumbres reservadas para unos cuantos, convertir lo que comenzó como un deseo sano de refinamiento en mera afectación, tendría que ser demasiado honesto para aceptar que allí no hay casi nada, que el emperador está en calzoncillos; su supervivencia depende, al final, de la continuidad del engaño, porque ¿quién, que haya ido a Nueva York, Londres, París, Berlín y Viena a admirar las grandes gilipolleces del siglo XX, va a admitir, después de gastar tanta plata en viajes, quemarse las pestañas en libros ininteligibles y gastarse el hígado en catas y discursos, que todas esas estupideces son precisamente eso, estupideces? También se trata de una patología: así como hay personas que de tanto ser golpeadas se vuelven masoquistas, ellos terminan disfrutando realmente la música sin música y el cine sin movimiento, despreciando a quienes se dejan seducir por musas tan fáciles como el contrapunto de Bach y la vitalidad de Beethoven. “Es que no lo comprendes”, te dirán, con una sonrisa indulgente que en el mejor de los casos significa “¡Eres un palurdo!”.

Bla, bla bla.

Ya no sé lo que digo.

Vamos allá otra vez.

Muchas veces creí, influido seguramente por Unamuno, que mi vida era fruto de la imaginación de un novelista mediocre y sádico. Un hijo de puta que me había creado con un solo fin: convertirme en su títere para descargar sobre mí todas sus frustraciones. Cuando esta creencia tuvo trazos de certeza, me dije: ese tío conoce mis pensamientos más recónditos. Le rogué cambiar el curso de mi historia. Me sometí a su voluntad para que hiciera mi vida un poco más tolerable. La muerte de Hans, de quien hablaré a su debido tiempo, fue para mí un golpe tan duro que me rebelé contra él y le exigí borrar ese capítulo. No quiso hacerlo. Otras veces le sugerí cambiar su torpe prosa por poesía, o hacer un poco de teatro, no soportaba que mi vida entera estuviese dividida en párrafos, todos necesitan días que parezcan versos y semanas que tengan el encanto de un soneto. Dejé de creer en él, no recuerdo exactamente por qué.

Si esta estúpida idea resultara, al final, ser cierta, le añadiría lo siguiente: mi vida fue escrita por dos novelistas distintos y habría que dividirla en dos partes. El primero era un tipo poco imaginativo, sensible, pretencioso, de los que escriben historias en las que no sucede gran cosa, porque se figuran que las novelas con trama son para adolescentes, señoras cornudas y personas simples. Su arte consiste en pintar la vida de tonos grises. Algunos son filósofos frustrados. Su estética carece de alma, es sofisticada y gusta a los críticos, porque ellos aprecian, insisto, el aburrimiento.

Este tío murió joven, sin terminar su novela. Un amigo suyo encontró el manuscrito y se propuso dar vida a esos cadáveres, crear para ellos un mundo nuevo, redimirlos de su propia vulgaridad. A diferencia del primero, éste no quería complacer a los críticos, y no por falta de soberbia, sino porque era demasiado vanidoso como para someterse al juicio de nadie. De carácter intempestivo, amante de las emociones fuertes, sanguinario, aventurero, apasionado, pertenecía a ese género de escritores que, como decía Wilde, “escriben lo que no pueden vivir”. Para estos tíos, escribir significa elegir un tema y llevarlo a su máxima expresión. Si escriben sobre el amor, exploran sus límites. Lo malo de este tío es que no tenía talento y sí una cabeza desordenada.

El resultado fue desastroso: mi vida se transformó vertiginosamente. Cuando la mangoneaba el primer novelista, yo era un sosegado estudiante de filosofía. Cierto día desperté y me había convertido en trotamundos. Otro día desperté y ahí estaba Chernichevski, el Señor de la Muerte. Otro día desperté y no reconocí el mundo en el que me encontraba.

Claro que hay otras maneras de verlo. También es posible que mis días hayan sido obra de un solo autor, bipolar, esquizofrénico, maniático o heroinómano.

Quizá mi vida sea un cadáver exquisito.

El caso es que la desaparición de Jože fue lo que marcó el antes y el después, eso es todo lo que quería decir.

Ahora déjenme en paz.

Monday, February 7, 2011

El velo de Maya



Todo lo cual nos conduce –continuó el profesor Goebel—a la misma conclusión de siempre: que Platón tenía razón.

I

Berlín, agosto de 2007

La última vez que vi a Jože fue ese día en que me llevó a un café cerca de Alexanderplatz, el sitio más repugnante que haya visto en mi vida. Era uno de esos establecimientos que tienen el poder de convertir un instante cualquiera en lunes por la mañana. Uno entra despreocupado, es sábado o domingo, no hay presiones, y al sentarse a la mesa, le sobreviene una depresión cívica, un fastidio oficinista combinado con el tedio de un lunes por la mañana. Así de malo. Las mesas y el piso eran color mierda, las paredes y el techo estaban cuarteadas por la humedad, de la cocina llegaba un humo de locomotora, sonaba un disco rayado de música tailandesa o algo peor, y la camarera, una bávara de sesenta años, tenía la gripe, vestía un delantal color verde con un enorme parche en el trasero y se limpiaba los mocos con tanta fuerza que parecía que estuviera lustrando botas. Mientras nos tomaba la orden estudié su pañuelo, que sujetaba con la mano izquierda, debajo de la libreta. Este pañuelo era un tesoro, por donde lo vieras: para valer un millón de euros sólo le faltaba la firma de Jackson Pollock.

No me quejé, no le dije nada a Jože, si de algo puedo enorgullecerme es de ser un tipo bastante tolerante, he avanzado mucho en eso de controlar las emociones y la prueba es que hace siglos que no zurro a nadie. Con el tiempo y las terapias uno se acostumbra a casi todo, lo único que no soporto son las iguanas, esos bichos sí que me ponen nervioso.

Jože me había sacado de una conferencia a las once de la mañana, ‘¡Necesito verte!’, gritó por teléfono, sonaba devastado, antes de que pudiera responderle me informó que nos veríamos a las doce y media en ese café, me dio las señas y colgó. Tenía mis motivos para temer lo peor, creí que a Jože se le había muerto su madre o su hermana. No es que sea pesimista, lo que pasa es que el pobre tío trae la mala suerte en la sangre, es una cosa de familia, como el cáncer y los ojos rasgados. A su abuelo y abuela maternos los partió un rayo mientras hacían el amor en un bosque de Eslovenia; su abuelo paterno, que en su juventud fue un famoso equilibrista, resbaló en la bañera y se rompió el cuello; cierto tío suyo, que era un ciudadano esloveno bastante respetable, de ésos que pagan sus impuestos con agrado, fue abordado una mañana por dos tigres posmodernos que habían escapado del zoológico estatal para ir a desayunar; la esposa de este mismo tío, que era igual de respetable, aunque dada al alpinismo, fue brutalmente asesinada por un sismo mientras escalaba el Monte Negro. Y hay más: este matrimonio respetable tuvo dos hijos respetables, primos hermanos de Jože: el primero, que era médico, fue atropellado por una ambulancia; y su hermana, que se marchó al África de misionera, fue aplastada por un costal de los que arrojan los aviones de las Naciones Unidas.

Con ese historial, Jože creía que tanto él como su madre y su hermana estaban destinados a morir en un trágico accidente. Tenía sentido. Lo que le daba esperanza era que su padre había muerto de borracho a los 35 años, en un hospital. “Como la gente decente”, decía Jože.

Ustedes podrían opinar, si son dados a opinar en estos asuntos, que era una superstición idiota, pero yo estaba en verdad preocupado, no dejé de pensar en ello durante el trayecto, en el suburbano, sólo me distraje un momento porque se me puso enfrente una chica y me sonrió, yo creí que eso me daba permiso de geometrizarla, pero me equivoqué; cuando descubrió mi vista puesta sobre su cuerpo, que no estaba mal, me hizo una mueca como si fuese un pervertido y se cambió de vagón. Llevo aquí cuatro años y todavía no entiendo a las chicas alemanas. Es un gran misterio para mí cómo se reproduce esta gente.

Pues ahí estábamos, Jože y yo. Pedimos nuestros expresos dobles y le preguntamos a la camarera si se podía fumar. Asintió. No nos llevó ceniceros, así que terminamos tirando la ceniza, disimuladamente, en el piso. Junto a todos los organismos que lo habitaban, un poco de ceniza era casi como jabón.

—¿Y bien? —le pregunté en inglés, hablamos en inglés cuando se trata de un asunto importante.

Se estuvo rascando las cejas como dos minutos, hasta que notó que comenzaba a exasperarme.

Tuve un sueño… —dijo—. Y la verdad, Gustav, no tengo la menor idea de lo que significa este sueño mío, me desperté sudando, no he podido comer nada, me siento muy, muy desgraciado.

Suspiré aliviado, porque no tenía corbata negra ni pasta para ir a Eslovenia a enterrar a la madre de nadie. Por otro lado, estuve a punto de enfadarme. A mi juicio, ningún sueño puede ser más importante que una conferencia, y Jože me había sacado de una muy interesante para hablarme de un puñetero sueño. Si algo tienen de bueno los sueños es que son irreales. Y si son irreales, son irrelevantes, excepto para los faraones, los supersticiosos y toda esa gente que se la pasa lloriqueando y necesita tratamiento. Jože no era de los que lloriquean.

—¿Y entonces? —dije, sin perder la calma—. ¿Soñaste los números de la lotería o qué carajo te sucede?

—Soñé con mi madre —respondió, sin levantar la vista, avergonzado.

—¡Ah! —solté la carcajada—. Ya no estás en edad de…

—No, no fue eso… —interrumpió—. Gustav, amigo mío, soñé que mi madre tenía barba.

Me quedé callado.

—¡Era una barba de patriarca, monumental, le llegaba hasta aquí! —señaló su pecho y luego se puso las manos sobre la cabeza.

El pobre chico estaba muy abatido.

—Todo el mundo sueña alguna vez con la barba de su madre —aseguré.

—¡Sí, cómo no!

—En serio. Nada tiene de particular.

—¿Qué significa?

—No significa nada.

—Algo tiene que significar.

—No veo por qué.

—Mmm… Es difícil de creer.

Dio un par de bocanadas. Cerró los ojos, se mordió los labios. Nunca conocí a un tipo más dramático y sentimental.

—Oye, Gustav, ¿estaré muy dañado?

Me encogí de hombros.

—No más que la mayoría de las personas.

—Pero… ¡una madre barbada! —insistió—. ¡No puede ser sano!

— ¿Qué quieres que te diga? No por ser insano deja de ser común, es como las pústulas…

—Así que tú también tuviste el sueño de la madre barbada —dijo, incrédulo.

—Claro que lo tuve.

— ¿Cuándo?

—A su debido tiempo.

— ¿Es decir?

—A los diecisiete o dieciocho.

—Pero ¡¿qué significa?!

¿En serio quieres oírlo?

—Sí.

—Lo que este sueño revela —me aclaré la garganta y di a mi voz un tono académico— es el temor de un chico de llegar a la edad adulta en calidad de una copia de su madre ¿me sigues? En pocas palabras, el temor de no haber roto el cordón umbilical y de ser afeminado, quizá homosexual.

Lo dije con tanta convicción que Jože le encontró sentido.

—¿Las mujeres también los tienen?

—¿Tienen qué?

—Estos sueños.

—Pues sí, chico, claro.

—¿También sueñan con madres barbadas, eh?

—No, no, ellas tienen más bien el sueño del padre travesti con maquillaje y ligas.

Abrió los ojos y la boca como si acabara de revelarle un secreto de Fátima.

—¿Y tú cómo lo sabes?

—Todo el mundo lo sabe.

No sé si me creyó, pero al menos se tranquilizó un poco. Jože tenía un problema. De acuerdo, tenía muchos, era maniático, feo, de corta estatura, narizón, flacucho, su cuello era tan delgado como la muñeca de una modelo, a sus 21 años ostentaba canas, calvas y acné, y cuando sonreía, se le deformaba la cara todavía más, pero su principal problema era su afición a las cosas insólitas y extravagantes, su deseo de ser considerado un excéntrico. Todo quería hacerlo de manera distinta: usaba un peinado victoriano que le sentaba muy mal, el pobre tío, con sus tres cabellos y medio parecía el cadáver de un decrépito peinado por un enterrador principiante o maligno, recién exhumado, además; su manera de vestir abarcaba todas las posibles manifestaciones del pésimo gusto, baste con decir que en una ocasión fue a una fiesta ochentera y resultó el peor vestido, así de terrible. Su lenguaje era barroco, con pretensiones de sofisticación, buscaba en los diccionarios las palabras más desusadas y extrañas, un día me confesó que la primera palabra alemana que aprendió fue Dampfschifffahrtgesellschaftsdirektorsstellvertretersgemahlin. En los restaurantes siempre pedía el platillo más exótico, si podía pagarlo, que no es lo mismo que digerirlo, su estómago alfeñique lo odiaba a muerte y se vengaba muy a menudo, las flatulencias y diarreas fulminantes eran lo de menos, lo verdaderamente molesto para mí era tener que llevarlo medio muerto al hospital y explicarle al médico que se había comido un murciélago a la parrilla en un restaurante indonesio.

Eso sí, hay que aceptar que eligió la mascota más original del mundo. Imaginen al pobre tío en un club, tratando de impresionar a una chica que lo mira con cierta curiosidad, preguntándose si no será un androide o un extraterrestre, y de pronto Jože le dice a la chica “¿Quieres ver mi mascota?” y ella asiente, pensando que le va a enseñar la foto de un perro o un conejo, entonces saca de su bolsillo una cajita de madera, la abre, y le enseña un gusano asqueroso, la chica lo abofetea o simplemente se marcha muy enfadada y gritando, el pobre de Jože la persigue para explicarle que la mascota no es el gusano, sino un virus que habita dentro de él. Cuando me mostró su mascota y me dio toda la explicación, le dije que ningún virus podía ser considerado una mascota, porque ni siquiera era un ser vivo. Me respondió que yo tenía una mente muy cuadrada y tradicional, y aseguró que su virus se comportaba maravillosamente, incluso estaba trabajando en un experimento para demostrar que era capaz de responder a ciertos estímulos afectivos, me enfadé muchísimo y traté de aplastar el gusano, se puso como una fiera, me llamó nazi y no me dirigió la palabra durante dos semanas.

Por todo eso, cuando me proponía liberarlo de una obsesión o hacer que descartara ideas peregrinas, manías y excentricidades, sólo necesitaba decirle que aquello no tenía nada de raro. La manera más efectiva de conseguir que, por ejemplo, no se pusiera un antifaz para ir al teatro, era decirle que la semana pasada había visto a por lo menos veinte sujetos que llevaban uno.

Me acuerdo de una vez que se le metió en la cabeza la idea de hacer “un espontáneo” en Philharmonie, nada menos que en la legendaria sala de conciertos de la filarmónica de Berlín. El muy iluso se compró una batuta y un frac de segunda mano. Deseaba darse a conocer como director de orquesta, aunque el tío no sabía una nota de música. Era un gran melómano, pasaba muchas tardes agitando las manos en su habitación, pero en su vida había visto un pentagrama. Eligió el último movimiento de la novena sinfonía de Mahler y lo ensayó una y otra vez frente al espejo. Cuando me reveló su plan, traté de disuadirlo por vías racionales. Le aclaré que dirigir una orquesta era mucho más complicado que mover un palito y sacudir el copete, que el arte de director estaba en los ensayos, en lograr un buen sonido, y eso poco tenía que ver con aspavientos fálicos. Fue inútil: estaba decidido a hacerlo. Entonces le dije que Mahler era populachero. Casi llora. Al día siguiente su obsesión había desaparecido (y también su gusto por Mahler).

En otras ocasiones no tuve el mismo éxito, porque Jože era un tío crédulo y me tomaba en serio, pero tampoco era lo que se dice bruto, no siempre podía convencerlo. Una obstinación de la que nunca conseguí curarlo fue eso de meter la cabeza en las puertas del Metro. Todo comenzó con un accidente. Una tarde íbamos hacia Friedrichstrasse, era la Copa del Mundo de 2006, y había tal gentío que Jože llevaba un rato sin tocar el suelo con los pies. Cuando pasamos por Schöneberg, justo al momento de cerrarse las puertas, alguien empujó desde el otro lado del vagón, y como resultado, la marabunta se movió hacia delante. Yo iba junto a Jože, en la mera orilla, y tuve que sujetarme para no caer. Pero él había quedado prensado en medio de un grupo de vikingos, y las puertas se cerraron sobre su cuello delgado, dejándole la cabeza fuera y el cuerpo dentro del vagón. En circunstancias normales, las puertas se habrían abierto otra vez, pero algo falló, a veces sucede. El tren se puso en marcha. Gritos de terror, pánico, Jože agitaba el cuerpo como una araña agonizante, pensé en jalarlo hacia atrás, más ¿qué sentido tenía arrancarle yo la cabeza para que no se la arrancaran las paredes del túnel? Siempre habíamos discutido sobre qué clase de accidente terminaría con su vida, cuando lo vi así, pensé que era el punto final de la discusión. “¡El freno, el freno!”, gritaba la gente cercana a nosotros, pero era tanta la aglomeración y había tal ruido que los que estaban cerca del freno no se enteraban de nada.

Fueron los dos minutos más estresantes de mi existencia. El tren llegó a la próxima estación y se detuvo. Imaginé que al abrirse las puertas, el cuerpo decapitado de Jože caería al suelo y todos los que esperaban el tren del otro lado y los que estábamos en la orilla, en el interior, pasaríamos el resto de nuestros días en un sanatorio, tratando de olvidar lo ocurrido. En momentos como ése, te asaltan los pensamientos más increíbles, recuerdo haber decidido que si me ponían una camisa de fuerza, exigiría que esa camisa llevara bolsas, aunque no me sirvieran para nada. Las bolsas y los bolsillos son una de las más gloriosas y a la par diabólicas conquistas de la modernidad individualista. En otra ocasión explicaré por qué, ahora mismo sería de malnacidos dejar al pobre de Jože con la cabeza fuera del tren sólo para hablar de bolsillos. Además, apuesto a que esa idea no tiene nada de original.

Lo primero que me sorprendió fue ver que al cadáver de Jože le quedaba todavía la parte trasera del cráneo, yo no sé mucho de física y esas niñerías, pero no creo que sea fácil, ni siquiera para un tren, partir un cráneo por la mitad. Cayó de rodillas, moviéndose todavía. Eso no me sorprendió tanto, por aquello de las gallinas: si ellas consiguen correr un rato sin cabeza, supongo que media cabeza, en el caso humano (y considerando el tamaño privilegiado de nuestro cerebro), da para unos segundos de cabriolas, por lo menos. Un instante después, su media cabeza comenzó a girar hacia nosotros, fue espeluznante, a mi camisa de fuerza con bolsas le añadí hombreras y unos parches en los codos, la cabeza siguió girando junto con el resto del cadáver, los vikingos soltaron una exclamación, yo me quedé de un hito y decidí que no quería una camisa de fuerza, con bolsas o sin ellas, porque Jože estaba vivo y completo, su fea cara nos miraba desde otra dimensión, se le veía asustado y medio asfixiado, pero feliz, absolutamente feliz.

Decidimos emborracharnos de inmediato. Jože trató de explicarme, toda la noche, lo que había sentido: nada se le comparaba, era una experiencia límite, algo inefable, mejor que cualquier droga, mejor que el sexo, más fuerte que un arrebato místico, etc. Yo creo que lo decía porque sus experiencias en esas tres áreas habían sido nulas o bastante malas. De todas maneras no discutí con él. Si lo había disfrutado, pues qué mejor, cada quien sus perversiones. Íbamos de regreso, muy borrachos, y al cerrarse las puertas del tren, corrió hacia ellas y sacó la cabeza. No funcionó. Las puertas volvieron a abrirse. Tuve que cogerlo por la cintura y llevarlo arrastrando al otro lado del vagón. Tres estaciones adelante, se me escapó y volvió a intentarlo. Tampoco funcionó. Me enfadé mucho, pero cuando llegamos a la residencia de estudiantes, todos estaban tan borrachos como nosotros, así que nos vimos obligados a contar la historia y terminó por convertirse en un asunto gracioso. No le di mucha importancia, Jože estaba borracho, había querido repetir la experiencia y nada más, eso pensé. Dos días más tarde, completamente sobrio, volvió a intentarlo. Tuvimos conversaciones muy serias al respecto, argumenté, razoné, grité, nos enfadamos, le solté un puñetazo, me respondió con una patada, rompimos una mesa y una ventana. Fue inútil. Jože siguió intentándolo. En Berlín, al menos, no le volvió a funcionar. Por lo que he oído, después lo intentó en París, en Múnich y en Londres.

Pero volvamos al café repulsivo. Le dije a Jože que todo el mundo soñaba con madres barbadas y me creyó. El asunto se trivializó. Minutos después, estaba ya muy relajado. Quise saber entonces cómo demonios se había enterado de la existencia de ese café. Jože sonrió y dijo:

—Menudo sitio ¿no?

Asentí.

—Si lo que querías era hacerme vomitar —le dije—, me falta muy poco.

Frunció el ceño y levantó los brazos, como diciendo ‘¿Estás de coña?’.

—Mira, Jože, —le dije—, estoy dispuesto a soportar tus gustos estrafalarios, pero no esta creciente afición tuya a lo repugnante.

—Pero… pero… —se quedó sin habla.

Se frotó la calva, las cejas, la nariz, por un instante pensé que iba a ponerse loco y rasgarse las vestiduras, porque en mi vida lo había visto tan escandalizado.

Entonces —dijo, casi sollozando, con la expresión de una madre cristiana cuyo hijo acaba de confesarle que se convirtió al satanismo— ¿debo creer, Gustav, que no te gustan Alfred Döblin ni Rainer Wender Fassbinder?

Lo miré fijamente por espacio de varios segundos y luego dije:

—No sé de qué carajos hablas. Vámonos de aquí.

Pagamos la cuenta. Tuve que ayudarle a Jože a levantarse, estaba tan devastado como cuando llegó con aquello del sueño de la madre barbada. Se lamentaba en voz baja. Fuimos a Tiergarten y lo convencí, en 20 minutos, de que Alfred Döblin y y Rainer Wender Fassbinder eran unos grandísimos gilipollas, además de populacheros, aunque en mi vida había escuchado hablar de ellos. Esa noche nos emborrachamos de lo lindo. Regresamos a la residencia de estudiantes en el último tren y nos despedimos frente a la Rathaus.

Fue la última vez que lo vi. Al día siguiente desapareció.

Debo decir que años después le di la razón a Jože. Ese café era un gran sitio. Lo cerraron en 2009. Ahora es un cine porno.